Estrella es una mujer alta, rubia y de ojos azules. Tiene más de cincuenta años pero es más joven que muchas personas de veinte. Desborda energía: sus movimientos son ágiles, su conversación fluída, su mente rápida y además, tiene mucho sentido del humor. Ríe, Estrella ríe, a gusto. A todo esto hay que añadir otra característica, la primera que se aprecia en cuanto habla: su marcado acento uruguayo. Oyes esa particular cadencia y lo siguiente es preguntar a Estrella ¿de dónde eres? Y en su respuesta te da la primera sorpresa: "soy gallega". A partir de ahí está claro que Estrella tiene mucho que contar, que su vida ha sido distinta, que su pensamiento merece ser escuchado.
"Yo nací en Uruguay. Ya sabes que los gallegos somos así, nacemos donde queremos". Estrella comienza con esa frase el relato de cómo sus padres llegan hasta Uruguay desde Galicia. Cuenta que su abuela paterna perdió a un hermano en la guerra de Marruecos y que, marcada por ese hecho y quizás, en un intento, consciente o no, de evitar una tragedia parecida, mandaba a sus hijos a Uruguay cuando cumplían diecisiete años, que era la edad en la que tenían que incorporarse al ejército para hacer el servicio militar.
Eran los primeros años del siglo XX, y España estaba empeñada en conseguir el control del norte de Marruecos. En julio de 1909 unos obreros españoles que trabajaban en la construcción de un ferrocarril para unir Melilla con las minas de Beni Bu Ifrur, sufrieron un ataque a manos de bereberes que no querían a los extrajeros en sus tierras. Murieron cuatro trabajadores y fue el inicio de una guerra que duraría varios años y en la que morirían muchos más. Al frente del gobierno español estaba el conservador Antonio Maura que, para aplastar la revuelta, decretó el envió a Marruecos de varias brigadas del ejército y de varios cupos de reservistas, a pesar de que muchos de ellos, eran padres de famila, trabajadores de los que dependía sustento familiar. El decreto cayó muy mal entre la gente pobre, humilde, porque además, la ley permitía pagar para quedar exento de incorporarse a filas, y que otra persona fuera en su lugar. Y eso solo se lo podían permitir algunos. Por ello, y por la impopularidad de la guerra, en aquellos años, estaba muy extendida la idea de que "a los hijos de los pobres los mandaban a Marruecos a morir".
La guerra de Marruecos ya había terminado cuando la abuela de Estrella creó su propia familia pero ella vivió aquellas circunstancia de España y el recuerdo de la muerte de su hermano persistía, y quizás fuera la razón por la que prefería que sus hijos emigraran. Por otra parte el padre de Estrella nació en los años previos a la Guerra Civil y, cuando cumplió diecisiete años, España vivía su posguerra. Así las cosas, embarcar rumbo a Uruguay solo suena a posibilidad, a mejorar, a buena opción.
La madre de Estrella vivía bien y no tenía necesidad de emigrar: solo eran dos hermanas y poseían tierras suficientes. Pero, otros acontecimientos intervinieron en la decisión de dejar "súa terra galega". El primero y más hondo es que ella estaba enamorada de ese chico al que su madre mandó a Uruguay al cumplir los 17. Él ya llevaba allí varios años. Luego resulta que unos tíos de la futura mamá de Estrella, que también hacía años que se habían instalado en Montevideo, vienen de visita a la aldea. La pareja no tiene hijos pero sí una gran fortuna y le proponen a la sobrina que vaya con ellos. La madre, la abuela de Estrella, dice que no, pero la futura mamá de Estrella acepta. ¿Cómo podría negarse si le habían planeado una boda de conveniencia con un vecino? Nunca tendría una mejor oportunidad para evitar ese matrimonio. Como dice Estrella: "se le abrieron las puertas del cielo". Así que se marcha con la esperanza de reencontrarse con el chico con el que se había comprometido años atrás.
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sábado, 8 de octubre de 2016
jueves, 18 de agosto de 2016
LEILA, ENTRAÑABLE
Donde LEILA nació se hablaba portugués pero la primera lengua que escuchó fue el español de sus padres. Luego estudió filología inglesa y el amor de su vida la sumergió de lleno en el árabe.
Leila recibió una educación recta según las normas que imperaban en los años sesenta y principios de los setenta en España; en casa tenía un padre cariñoso pero estricto, y en el colegio las monjas se encargaron de enseñarle la moral de la iglesia católica apostólica y romana. Sin embargo, las Hermanas Josefinas no fueron capaces de satisfacer ese punto rebelde que Leila siempre sentía, y siente, en el interior de su pecho. “Siempre creí en Dios pero no me convencían muchas cosas del catolicismo, entre ellas contar mis pecados al cura “, asegura Leila que ahora profesa otra religión por convicción, una fe que ella ha elegido.
Leila conoció la ciudad que considera suya, las de sus padres, con 12 años. Cerca hay otra, emblemática para el cristianismo: Santiago de Compostela. Junto a Jerusalén y Roma es uno de los lugares de peregrinación cristiana. Además, el casco antiguo de Santiago, presidido por una espectacular catedral, fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1985. El ambiente medieval de la ciudad se mezcla con el ambiente joven que estampan los estudiantes de la Universidad, que tiene más de 500 años de antigüedad. Uno de esos estudiantes fue Leila. “Los fines de semana mis padres venían a buscarme para ir a casa. Me gustaba esa ciudad y estar con mis amigas más que cualquier otra cosa”.
Los veranos practicaba lo aprendido en las aulas de Santiago, en Bournemouth otra ciudad de estudiantes, esta situada en la costa sur del Reino Unido. Un lugar con una playa estupenda y con incontables actos culturales durante todo el año, desde rallies de coches antiguos hasta obras de teatro y de ópera. El último año de estudios decide matricularse en un curso de literatura inglesa. Quiere mejorar su gramática. El curso la mantiene en la ciudad británica varios meses más allá de los del verano. Es su estancia más larga en Bournemouth. Pero tiene amigos, otros estudiantes de varios lugares de Europa. Con ellos sale después de las clases, con ellos hace alguna excursión los fines de semana y con ellos comparte sus confidencias. Algunos viven en la misma casa, otros en casas cercanas. En su residencia también había varios estudiantes de países de Oriente Medio pero, con estos se mantiene más distante: “el dinero, los cochazos, los lujos “ que estos chicos se permiten, le hacen sentir cierto respeto, cierto recelo. La dueña de la casa era joven y recién divorciada, por lo que, veía bien que salieran e incluso ella misma se unía y proponía planes para el sábado por la noche.
Leila tenía veinticuatro años en ese momento: una edad perfecta para enamorarse.
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