sábado, 8 de octubre de 2016

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        El germen del futuro cambio que experimentaría la vida de Danya llegó con la telenovela  El Clon. Éste es el título en español del remake que hizo Telemundo de la obra original, O Clon, que es brasileña. La produjo y la retransmitió Tele Globo en los años 2001 y 2002.  Ha sido exportada a más de noventa países. Y es considerada como una de las mejores telenovelas de la historia, no solo de Brasil. Su éxito se basa en muchos aspectos. A parte de los temas clásicos como el amor y desamor, celos, drogas e intrigas de todo tipo, El Clon habla de la clonación humana, un asunto que antes nunca se había visto en una telenovela. Y todo ello en medio de dos culturas tan diferentes como la marroquí y la brasileña. La estética árabe, la vestimenta de las mujeres, los kaftán, los velos, las danzas, todo ello es un atractivo añadido para la audiencia latinoamericana. Y hay más: a muchos les atropó las enseñanzas de El Corán que, sobre todo, se ponen en boca de un personaje que se llama Sidi Alí, un musulmán recto y honrado que parece tener siempre la mejor respuesta a los problemas.  
      Tanto en la versión brasileña como en la hispana, los personajes mantienen en su vocabulario muchas palabras árabes que, algunos de los seguidores de la “novela”,  han introducido en su vocabulario diario: salam aleikum, la paz esté con vosotros, habibi, cariño,  mushkila, problema, yalah, vamos, rápido.
        Danya fue una de las miles de personas que se engancharon a ese producto televisivo. Y cuenta que, efectivamente, lo primero que le llamó la atención fueron los velos y los vestidos de las chicas árabes. Después, las enseñanzas de Alí sobre el Islam,  y por supuesto, se preguntaba: ¿por qué dirán esas palabras en árabe? ¿Es que no tendrán traducción? Toda esa fascinación que sentía por el mundo que veía a través de la tele no se quedó en un simple entretenimiento. Danya comenzó a buscar en su "laptop" el significado de esas palabras árabes, y una palabra la llevó a otra y un día se encontró buscando una mezquita para saber más sobre el Islam, El Corán, y la cultura árabe en general. 

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    Danya fue a la primera mezquita de la que supo. Dos horas tardó en llegar hasta allí: “yo no manejaba en San Diego, me movía siempre en transporte público”. Hizo ese largo viaje porque estaba motivada, porque, lo que había logrado averiguar sobre el Islam a través de internet, le gustaba, porque le cautivaba la idea que se había hecho sobre el mundo musulmán después de ver El Clon, y quizás, aunque ella no lo dice, también le movía una necesidad espiritual, ese deseo de respuestas que une al ser humano sea de donde sea, ese afán por encontrar un mundo mejor y más comprensible. Danya debía sentir ese anhelo fuertemenete porque si no, es incomprensible que alguien acuda al Islam en una sociedad occidental marcada por los acontecimientos del 11-S que se habían producido hacía pocos meses. “El once de septiembre del 2001 yo estaba en Tijuana y pasé a Estados Unidos a cobrar mis utilidades porque había trabajado anteriormente en Sony. En la radio escuché lo que pasaba y oí de nuevo hablar del Islam”.  Esos sucesos no hicieron más que aumentar su curiosidad por algo, aún desconocido, asegura.  
       Dice Danya que en su primera visita a la mezquita encontró a varias personas y que todas ellas parecían originarias de La India. Una mujer se le acercó y preguntó qué quería. Danya respondió que el motivo de su presencia en ese lugar era su interes por el Islam. La invitaron a sentarse y charlaron un rato. Quedaron para el día siguiente. Al otro día, esa misma mujer fue a buscar a Danya al trabajo y la llevó hasta otra mezquita más grande, a Al Munara. Allí le presentaron a un predicador con el que habló principalmente de Dios, de Jesús y de Mahoma. Así recuerda Danya la conversación: 
-Predicador. Me han dicho que estás interesada en el Islam. ¿Sabes quién es Dios? 
-Danya. ¿El creador del cielo y la tierra, del universo?
-Predicador. Eso es. Dios no ha sido creado ni engendrado. Háblame de Isa. (Así es como El Corán llama a Jesús de Nazaret).
-Danya. ¿El hijo de Dios?
-Predicador. No. Isa es un mensajero, un profeta. Dios mandó al ángel Gabriel (Jibrail en árabe) a anunciar a María (Maryam en árabe) que de ella nacería un hijo santo, un gran profeta que extendería la palabra de Dios. María pregunta al ángel cómo puede haber concebido un hijo sin haber establecido contacto con ningún hombre. La respuesta fue que Dios crea aquello que Él desea. El nacimiento de Jesús de una madre virgen fue un acto milagroso como lo fue la creación de Adán, y de su costilla,  la creación de Eva, o la concepción del hijo de Zacarías cuando su mujer Isabel ya no estaba en edad de procrear. Todo es voluntad divina: Dios dice “sé y es”. Entonces, ¿quién tiene el derecho a llamarse hijo de Dios? ¿Adán, Jesús, el hijo de Zacarías?
 -Danya. Creo que nadie. 
-Predicador. Eso es, nadie. ¿Qué sabes de Mahoma?
-Danya. Que es un mensajero, nada más. 
-Predicador. Está bien. Ya sabrás más sobre El Profeta. 
      Así terminó la primera lección que Danya recibió sobre El Corán. Fue una conversación afable e interesante. Lo que sucedió después fue algo más…..trascendental.

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 La conversación con el predicador sirvió para que Danya se convenciera de algunos principios del Islam: solo hay un Dios, Jesús es un profeta pero, no el hijo de Dios,  y Mahoma es el último mensajero. ¿Crees en estas premisas?, le preguntó el religioso. Y Danya asintió. Entonces, le pidió que repitiera estas palabras:  

                                                                                                                                                                                      


 Esto significa:  “Juro que no hay más Dios que Aláh y que Mahoma es su profeta”.
      Y dicho ésto añadió el predicador: “ya eres musulmana”. Danya se sobrecogió, quedó sorprendida. No lo esperaba. Era demasiado pronto y no se sentía preparada. Sus intenciones eran saber más, tener más información y después decidir. Creía que sería poquito a poco pero sucedió de repente, sin tiempo para pensar ni replantearse si realmente estaba haciendo lo que quería. Dice Danya que cuando ella pronunció esas palabras, “juro que no hay más Dios que Aláh y que Mahoma es su profeta”, sintió un enorme peso en su espalda, como si un bloque de hielo le hubiese caído de golpe sobre los hombros.   
                  Lo que si se produjo poquito a poco fue su transformación personal y física. “Nunca me presionaron para que cambiara mi ropa. Ni siquiera la primera vez que entré a la mezquita sentí que me mirasen mal, y eso que no iba de forma correcta para las normas del Islam, sobre todo por mi falda que era muy entallada. Creo que ese trato fue definitivo. Si me encuentro con gente que, desde el principio, me dicen que me tape, que me ponga el Hiyab, que use vestidos largos y amplios, es muy probable que no me hubiese convertido”. Pero todo fue muy despacio, según Danya, sin imposiciones, simplemente, con el paso del tiempo, le iban sugiriendo que usara Hiyab también en la calle ( al principio solo lo usaba en la mezquita), que sustituyera los pantalones por faldas, las faldas por vestidos largos, las blusas por chaquetas amplias y largas que cubrieran el pompis, etc.  
               “Mi padre estaba encantado con mi cambio de look”. Dice Danya que era un hombre muy estricto y, a veces, no aprobaba su forma de vestir. “Yo era de las que salía de casa vestida como mojigata y me ponía la falda más corta en casa de una amiga para evitar problemas con él”. Su madre sin embargo, pensaba de forma distinta. En su opinión nunca encontraría marido porque con esa nueva ropa de musulmana no se dejaba ver. Y de la misma forma pensaba su hermana que, si bien no hacía juicios sobre las nuevas ideas de Danya, si rechazaba esa estética cerrada y poco favorecedora para la mujer. Aunque en este punto hay que aclarar que no se trata de falta de coquetería ni de ganas de estar guapa. La diferencia está en que, las mujeres de cultura occidental, se arreglan y destacan lo mejor de ellas puertas afuera, y las mujeres musulmanas lo hacen puertas adentro. 
               Su transformación personal, el cambio a una religión que te obliga a seguir unas normas y unos preceptos, también fue lento. Danya iba todas las semanas a la mezquita a estudiar las enseñanzas de El Corán y a aprender a orar. Y a lo largo de esta instrucción también supo de reglas del catolicismo (su anterior credo) que hasta ahora ignoraba. “Yo desconocía que mantener relaciones antes del matrimonio era pecado en el catolicismo. Cuando lo supe le pregunté a mi madre y ella me dijo: hija, yo sabía que estaba mal pero, ¿pecado? Mi madre tampoco sabía que era pecado”.  En los países católicos, la mayoría no recibe una instrucción religiosa tan asidua y rígida como en los musulmanes, pero es normal que la cultura y la religión se confundan, se mezclen con frecuencia: las normas sociales pasan a ser reglas religiosas y viceversa. Por eso Danya asegura que ella sabía que tener relaciones antes del matrimonio estaba socialmente mal visto y que quien lo hace se expone a las críticas y habladurías del vecino. Pero ¿pecado?

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  Durante unos ocho meses Danya, iba a la mezquita una vez por semana para aprender a rezar. Deseaba ir con más frecuencia pero estaba lejos y se le hacía pesado. "Tardaba casi dos horas en ir y otras dos horas en volver a casa”. Ese largo trayecto era para Danya, sin duda, una molestia, una carga. Salía de trabajar a las cinco y media de la tarde, y el día que tenía cita en la mezquita, llegaba a casa bien entrada la noche, y agotada. Cuatro horas sentada en un autobús después de una jornada de trabajo, fatiga a cualquiera. Así que, con este problema en la cabeza andaba un día por el supermercado cuando vio a una chica con el pelo tapado, se acercó a ella y le dijo: “ Hola, disculpa. Soy musulmana. Voy a una mezquita que está a dos horas de aquí ¿sabes si hay otra más cerca?”.  Y la chica le informó de que, efectivamente, había otra a tan solo unos minutos. ( En una primera búsqueda por Google, en San Diego aparecen 12 mezquitas.  Hay que fijarse en que la ciudad tiene 1 millón y casi 400 mil habitantes. De de ellos, los musulmanes están en un grupo que suma el 5 por ciento de la población donde están incluidos, además de los seguidores del Islam, los del Budismo, Judaísmo e Hinduismo. Es decir, que puede que los musulmanes no lleguen al uno por ciento de la población).
              Danya fue a visitar esa nueva mezquita y se convirtió en su lugar de rezo habitual. Por la cercanía, claro, pero también porque encontró una pareja de origen afgano que en poco tiempo llegaron a ser unos buenos amigos.
              Danya empezaba a utilizar el hiyab a todas horas y esto, que sin duda es el signo más visible de que una mujer es musulmana, le acarreó algunos problemas, entre otros, la dificultad para encontrar trabajo. Hay que recordar que los sucesos del once de septiembre estaban aún recientes. Se avecinaban problemas económicos.
             Por otra parte ella compartía piso con un chico cuya condición sexual también pasó a ser un un inconveniente: ”era gay y eso no es aceptable para los musulmanes. Para mi solo era una persona con la que compartía los gastos de la casa, pero la tuve que dejar”. Ante la imposibilidad económica de Danya para vivir sola, la pareja de Afganistán, le ayudó a buscar otro alojamiento. Todo para que se alejara de su compañero de piso, para distanciarla de esos hábitos sexuales deplorables para el Islam.
     La homosexualidad, castigada con la pena de muerte en Arabia Saudí, es un asunto tabú entre los musulmanes en general. Incluso en una conversación distendida, entre amigos, entre personas de un nivel económico e intelectual medio-alto, personas conocedoras de otras culturas, y de costumbres y pensamientos más libres, incluso en esas condiciones, hablar de homosexualidad es incómodo y el rechazo parece unánime. Es cierto que en Occidente también hay sectores que la rechazan. En cualquier caso, ¿cómo es posible que conductas como, por ejemplo la pederastia, no sean capaces de levantar las iras que despierta la homosexualidad en algunas personas? 
      Algunos miembros de la familia de Danya también fueron incapaces de aceptar a la nueva Danya, a la Danya musulmana. Frente al  padre, que nunca se opuso a las nuevas creencias de su hija, estaba el cuñado, el marido de su hermana, con el que tuvo algún enfrentamiento. Según Danya, el cuñado le decía: “si vienes así, a mi casa no entras", refiriéndose al pañuelo de su cabeza y a El Corán que llevaba en la mano. Danya recuerda, aparentemente sin rencor, que el cuñado también le solía repetir  que los musulmanes eran unos "cochinos". Y ella que sabía que la discusión sería vana, se limitaba a informarle de la practica de la ablución que hacen cinco veces al día, una por cada rezo.
        A pesar de todos los inconvenientes, ¿dónde no los hay?, Danya estaba cada vez mas convencida de que había elegido el camino correcto. Se sentía cómoda, segura. Saber que haces lo correcto da fuerzas, proporciona la energía necesaria para superar cualquier obstáculo. Por lo tanto, Danya, que vivía ese momento con la actitud de la seguridad, dio el siguiente paso para su desarrollo como musulmana: buscar marido.

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“Tenía que buscar marido para completar mi dÎn”, dice Danya.  La palabra árabe “dîn” encierra un concepto amplio que, simplificándolo mucho, podríamos traducir como vía, senda, camino; Islâm significa sumisión y Dîn sería el modo y la trayectoria que hay que seguir hacía Allah, hacia Dios. Es decir, que para ser un buen musulmán hay que seguir el din, y en esa ruta está el matrimonio. 
         El primer candidato a marido que tuvo Danya le puso como condición para contraer matrimonio que no usara hiyab. Puede que algunos estén de acuerdo con esto, pero negarle algo así a una musulmana, es como prohibirle a un torero que no use montera, no tiene sentido. Lo cierto es que no tiene sentido negar nada a nadie, como si quiere andar con un bigote rosa. Si en tu primera cita te dicen que, si la relación sigue adelante, tendrás que dejarte las uñas largas y pintarlas de rojo, si te dicen algo así, evidentemente la relación no seguirá adelante por muy desajustada que ande tu cabeza.    
      El segundo pretendiente lejos de pecar de estupidez pecó de insensatez: pidió a Danya que dejara a su hijo, un niño que cuidaba ella sola, con la única ayuda de su familia, para ser más concretos, con la ayuda de su madre. A la hora de contar este momento, Danya deja escapar la vena dramática de las telenovelas mejicanas y dice: “¡como mejicana, antes que mujer soy madre!”. Y con esta frase lo explica todo: su hijo es lo primero y por nada del mundo prescindiría de él. Parece un gesto natural pero aun así es una actitud digna de alabar. A veces, hacer lo correcto se presenta difícil y es necesario un poquito de sentido común y fuerza de carácter para mantener las prioridades, para evitar que caigan por el camino. Danya lo tenía claro.  
      Después de unas cuantas experiencias infructuosas, Danya sabe de un amigo del marido de una amiga que también estaba buscando esposa. Lo llama un martes y quedan para el jueves. Danya habla de este encuentro con una sonrisa más pronunciada de lo habitual. Cuenta que le explicó que quería un marido para cumplir así con la ley divina, la Sharia, y para que le ayudase a criar a su hijo en el Islam. Por su parte, él le comunicó que su intención era encontrar una mujer que le acompañara en la vida, que fuera su apoyo. Y le adelantó que cada año dedicaba un mes a predicar. Esto significaba que durante algunos días estaría fuera de casa, en pueblos pequeños, en comunidades fuera de la ciudad, a las que acudía para revelarles las enseñanzas de El Corán. Se trata de lugares donde el Islam se transmite de padres a hijos por falta de escuelas, de infraestructuras en general. “Eso va a ser siempre así. No quiero que con el paso del tiempo pongas inconvenientes”. Dice Danya que le pareció bien, y le contestó: “eso es una cosa entre Dios y tú, no pondré objeción”.  Aclarado este punto, pasaron al siguiente. Él quiso saber si cuando terminara sus estudios, ella estaría dispuesta a irse a vivir a su país, a Arabia Saudí. Danya respondió que en Méjico cuando una mujer se casa pertenece a su marido y va donde él vaya. Y él, añadió: “en el Islam una mujer no pertenece a su marido. Y si tu marido te pide algo que va contra la Sharia no tienes por qué hacerlo”. A Danya le gustaba lo que escuchaba. Dice que era muy comprensivo, un religioso muy bueno. Y añade que ahora es…..diferente.

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Danya salió de aquel encuentro contenta. Tenía la sensación de que, por fin, había encontrado a la persona adecuada para contraer matrimonio, para firmar con él un compromiso, en principio, de por vida. Las experiencias por las que había pasado le habían dejado un regusto a incomprensión, a desorden, y ahora parecía que la estabilidad estaba al alcance de su mano. Recuerda el noviazgo que mantuvo con un chico de madre mejicana y padre pakistaní: “nos íbamos a casar pero su padre lo impidió porque a toda costa quería que contrajera matrimonio con una mujer pakistaní. Yo no lo entendía porque él se casó con una mejicana. ¿Por qué le impedía al hijo casarse conmigo? Ahora ya podía olvidar todo eso, a este chico, al que le pedía que llevara el pelo descubierto, al otro que pretendía que dejara a su hijo, a todos. 
    Las cosas parecían ir sobre ruedas cuando recibe una llamada que le echa por tierra todas sus ilusiones: “no es buena idea que nos casemos”, le dice él a través del teléfono. “De acuerdo”, contesta Danya, “aquí estaré si cambias de opinión. ¡Ándale!”.
    Unos días después era el cumpleaños de Danya, motivo más que perfecto para irse a Tijuana a “tijuanear”. Así dice ella y explica que esto consiste en ir a bailar y a divertirse. Se quitó el pañuelo, destapó su pelo y fue a distraerse y a celebrar su aniversario con sus amigas. El lunes volvió a San Diego y por la tarde recibe otra llamada. De nuevo él dándole otro giro a la vida de Danya, el tercero en poco más de una semana: “lo he pensado mejor y quiero casarme contigo. ¿Tu aceptas? Danya contestó: “si”. Y entonces se le empezaron a amontonar los sentimientos: se sentía contenta, excitada, inquieta y con cierta pesadumbre por lo que había estado haciendo en Tijuana tan solo unas horas antes, divertirse. Dice Danya que ese fin de semana había experimentado la sensación de que se estaba alejando del Islam. Pero ahora, después de haber dicho si a ese matrimonio tenía que alejar sus remordimientos y centrarse de nuevo en el camino que había elegido tiempo atrás. Lo que había pasado fueron obstáculos, dudas, incertidumbres que al final había sorteado con éxito. 
    Para rematar el momento, horas después de haber dicho sí al matrimonio, su antiguo novio, con el que se iba a casar un año atrás, y con el que llevaba tres meses sin hablar, también decide llamarla y le pide volver. Pero ya era demasiado tarde. “No. Estoy comprometida. Me caso con un hombre saudí. Lo nuestro no funcionaría. Si tuvimos problemas en el pasado los volveremos a tener en el futuro”. Fue la respuesta de Danya. 
   Diez días después de haber tenido la primera cita, Danya se estaba casando.

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Dos encuentros y dos o tres llamadas telefónicas, eso fue todo el contacto que la pareja tuvo antes de casarse. Cuando Danya aceptó la boda, él le propuso celebrar la ceremonia al siguiente viernes. “Pensé que nos conoceríamos un poco más, que al menos tardaríamos unos tres meses en formalizar la relación. Pero cuando me dijo que el próximo viernes me quedé sorprendida”. Danya le propuso dejar a su hijo con la abuela con la intención de estar más tranquilos durante la ceremonia. Él le contestó que de ninguna manera. Que el niño debía estar con ellos, que tenía que asistir a la boda porque era lo correcto pero también porque así sería la tercera persona, la que impide la presencia de Shaitán, el demonio, que aparece, entre otras ocasiones,  cuando un hombre y una mujer están juntos. En la teología islámica, se considera que ese personaje “susurra en los corazones de hombres y mujeres, exhortándoles  a cometer pecado”. 
   Se casaron en la casa del prometido por el rito de El Islam. Todo fue tan rápido que no hubo tiempo de pensar en formas, ni en detalles. Se celebró la boda “y me besó en la frente. No me miró el cabello”. Después,  ahora si, llevaron al niño a casa de la hermana de Danya y ellos se fueron a un hotel para “conocerse un poco mejor”. 
   Había un asunto pendiente: él quería que Danya y su hijo se trasladasen inmediatamente a la casa. Danya tenía que arreglar su marcha con sus caseros. Para acelerar la mudanza, su ya marido, le adelantó el dinero que Danya necesitaba para cerrar sus cuentas y en pocos días se cambió de casa. 
  Así empezó Danya un periodo de su vida que continúa hasta ahora, diez años después. 
     Cuando el marido de Danya terminó sus estudios de ingeniería electrónica se trasladaron a Egipto donde permanecieron hasta que Danya y su hijo tuvieron los papeles en regla, la documentación que les permitirían vivir legalmente en Arabia. En esa decisión intervino su suegro, “un hombre muy recto”, según Danya. “Él dijo a mi marido que si me iba a traer lo tenía que hacer bien”. En Egipto recibieron la visita de los suegros, querían conocer a la persona con la que se había casado su hijo. Danya no podía dejar de pensar que para los saudíes las mujeres americanas son “demasiado liberales”. Le pesaba esa idea. El primer contacto físico que hubo entre ellos fue el beso que su marido le dio en la frente al terminar la ceremonia en la que contrajeron matrimonio. Antes de la boda no hubo tiempo ni de un mínimo noviazgo, menos para que despertara deseo entre ellos. Sin ocasión no hay pecado. Pero eso lo sabía la pareja, los suegros ¿qué pensarían? Ellos, seguro que se pondrían en lo peor. Pero, ¿qué podría hacer? Danya comprendía que sus suegros pudiesen tener esas ideas, que creyesen que en San Diego habrían llevado una vida, cuanto menos, activa sexualmente porque “es frecuente que allí los saudíes consideren que cómo las chicas no son musulmanas ellos no incumplen las normas del Islam. Es más, los más escrupulosos con su religión se casan para tener sexo y luego se divorcian”. Ni de lejos había sido su caso.

JEDDAH, A UN LADO Y A OTRO